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125 horas ( Azagala, 31/1/21)

Frío. Nieve. Alburquerque. Era la una de la tarde de un 10 de enero que pasará a la historia. Como pasaron Álvaro de Luna o Beltrán de la Cueva. Ese día no se nos olvidará. Día cerrado, feo, agrio, como invitando a quedarte en casa. Día frío, otro más. Llegaba Filomena. Comenzaba a nevar cuando Juan Pedro Pulido abandonaba su huelga de hambre. Fueron 125 horas para la historia de nuestro pueblo.

Un tío normal haciendo cosas extraordinarias. Héroe sin capa. Valiente. Todo eso y más ha sido Juan Pedro y eso ha supuesto para nosotros. Sus 125 horas pasarán a la historia de nuestra retina por la decencia que supuso, por la dignidad que trajo al pueblo. Por el miedo que despegó del alma de muchos, por la lección de ética que nos ha dado a todos, por su amor. Amor por Eva que sufría en silencio tratando de no romperse, amor por su trabajo que no quiere dejar. Amor por su pueblo que tampoco quiere abandonar aunque le cueste no cobrar, aunque le cueste que se le falte al respeto, aunque le suponga aguantar desdenes. El amor todo lo puede y todo lo mueve. Eva. Alburquerque.

Un pueblo encima de el. Un pueblo que le acompañó siempre, fuera donde fuera, que le dio calor en días helados. Que lo hizo en Alburquerque el primer día y el último, y que por el medio le acompañó en Badajoz. Allí estaba Agustín con las entrevistas para la RCA, Francis cubriendo para Azagala momentos históricos. Allí estaba Manolo en el segundo plano que debía tener. Alicia secando discretamente las lágrimas de Eva y aguantando las suyas. Raúl, Manu, Fran, Juanfran, Arturo y José Manuel ( Gugu) la guardia pretoriana a la que los impagos y las faltas de respeto alejaron contra su voluntad del pueblo , no sin dar batalla, y que daban apoyo cerrado a Juan Pedro. Allí estuvieron Gabriel , Cayetano o Fran. Muchos. Frío, mucho frío.

Unos vecinos que también lo acompañaron en Mérida con Victoria que estaba emocionada, Javi muy preocupado, Cármen con mucha rabia por lo que estaba sucediendo, Marga y Manolo con Juan Antonio, serios.  Esteban y Juan Ángel también estaban. Infinita seriedad en sus rostros.Porque no faltó nunca nadie. Porque su historia había que contarla y acompañarla. Porque los valientes se levantan las mismas veces que se caen. Porque su causa era justa.

Una foto. Ese día me hacen una foto con Juan Pedro. La foto del consuelo. Me había hecho llorar un rato antes contando como la Alcaldesa pasó por delante de el , ya débil, y ni lo miró. Reconozco que yo estaba tocado a esa altura y trataba de convencer a Juan Pedro de que lo dejara. Lo hice el día antes ya en la edición digital de esta revista. Se lo rogué, le escribí con el alma. Pero el había iniciado un camino que solo tenía un final: La victoria. Y no aceptaba atajos.

Frío en Mérida. No había consuelo, él estaba más débil físicamente pero mentalmente más fuerte que nunca. Me sorprendió. Te mira fijo y te habla con el corazón, que lo tiene enorme. Es fácil entenderle.

125 horas. La dignidad tiene nombre: Juan Pedro. 125 horas después nos demostró a todos muchas cosas. Demasiadas. Todos le debemos lecciones de vida que igual nunca creímos que íbamos a aprender.

Nos enseñó decencia. A pelear por ella. A perseguirla. A no rendirnos para alcanzarla. Nos enseñó el significado de la palabra dignidad. Porque estar sentado en la puerta de un Ayuntamiento no es tener menos dignidad, es tenerla intacta. Es tenerla mucho más intacta que el que la pierde en una barra de bar o comiendo un roscón en medio de una situación infame . Dignificó su profesión y su calidad de empleado público.

Nos enseñó resiliencia. A no desfallecer. A superarnos. A que el frío no es más que una excusa para no hacer lo que debes hacer.

Nos enseñó lealtad, la suya con su pueblo y la de los suyos con el. Aun no tiene ni 40 años y ya sabe que nunca caminará solo. Que sus pasos tienen ya eco en la eternidad de la historia de Alburquerque. Que su vida, que 125 horas de su vida, trajeron más honradez a la vida de todos que la que otros vivirán en 80 años.

Nos enseñó humildad, la de quien solo pide lo que ha trabajado y se ha ganado y lo hace con pasión. Y sin miedo.

Y nos enseñó que en la vida los finales felices existen. Que a veces, sucede. Que en algunas ocasiones los buenos ganan. Que pelear por lo que quieres es el primer paso para conseguirlo. Nos enseñó a volver a soñar. A soñar con imposibles, a soñar con un futuro mejor en el pueblo lejos de las formas y las actitudes caciquiles actuales.

Yo creo en los finales felices. A veces tardan más, a veces menos. A veces te gana el miedo por el camino, otras te gana la responsabilidad y algunas veces hasta te ganan los remordimientos. Pero los finales felices existen. Solo hay que perseguirlos. 125 horas después, Juan Pedro hizo el milagro de un final feliz.

Victoria rotunda porque la hizo con el corazón. No es una victoria de todos, es una victoria suya. Él lo arriesgó todo, arriesgó su vida, y lo hizo para ganar a los que le llevan años pisoteando .

Un día dentro de muchos años se recordarán estas 125 horas. Y se recordará a Juan Pedro. Ese joven del pueblo que, cansado de injusticias, levantó la bandera de la libertad, de la decencia y del amor y la hondeó hasta que enfrente tuvieron que claudicar. Porque somos más. Y mejores. Fue David frente a un Goliat venido a menos. Mucho menos, que se lo digan a Gallardo.

125 horas frías que acabaron con copos de nieve mientras Juan Pedro anunciaba la victoria de todos. La victoria de la sencillez y de la buena gente. La victoria de la decencia.

Ya se lo dijo Leónidas a los espartanos “ Recuerden este día, porque será de ustedes para toda la vida”.

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